La lucha del hombre
por sus derechos fue realizada en todos los planos del quehacer del
hombre, inclusive en el plano literario; existen infinidad de obras donde se denuncia las condiciones de vida del ser humano para el momento en que fueron escritas.
Muchos escritores retrataron sus experiencias de pobreza, miseria,
hambre e injusticias, plasmandolas en sus obras, como por ejemplo:
Los Miserables de Víctor Hugo, Oliver Twist, de Charles Dickens,
Marianela de Benito Pérez Galdós, entre otros.
Al
respecto les voy a hablar de Hans Christian Andersen, quien llevó la
denuncia social de una manera muy sutil, porque el mensaje va
destinado a un público muy selecto como lo son los niños, y me
refiero especialmente al cuento "La Pequeña vendedora de
fosforos",
inspirada
en la vida de su madre, quien a veces le contaba que, de pequeña, la
mandaban a pedir limosna en las calles de Odense (Dinamarca) y sentía
tanta vergüenza que pasaba todo el día acurrucada bajo un puente,
llorando. No se atrevía a regresar a su casa, a pesar del frío, sin
una moneda.
Sin duda, a pesar
que el cuento fue escrito hace más de cien años, es una historia
actual, pues la pobreza sigue obligando a muchos niños a no vivir su
infancia, trabajando sin descanso para poder subsistir obligados por
la pobreza que los rodea.
A continuación les
dejo el cuento:
"La Pequeña
vendedora de fósforos"
Era
casi de noche y hacía un frío horrible; estaba empezando a nevar.
Faltaban unas pocas horas para el Año Nuevo.
En
medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña caminaba a pie
desnudo y sin abrigo por las solitarias calles. ¡Cómo tiritaba!
En
uno de los bolsillos de su gastado delantal llevaba varias cajitas de
fósforos. Con una mano sostenía una de ellas, lista para
ofrecérsela a algún posible comprador. Hasta ese momento no había
podido vender ninguna. Y nadie se había compadecido tampoco de su
desgracia ni de su hambre ni de su cuerpecito helado y
tembloroso.
La nieve caía sobre sus cabellos, mientras más allá, en las tibias y confortables casas, sus habitantes bebían y comían alegremente, olvidados de los pobres que, como ella, se guarecían en las calles.
La nieve caía sobre sus cabellos, mientras más allá, en las tibias y confortables casas, sus habitantes bebían y comían alegremente, olvidados de los pobres que, como ella, se guarecían en las calles.
"Esta
noche –pensó la niña–, los pobres no tendremos ni alegría ni
una exquisita comida".
La pequeña vendedora de fósforos se sentó, como mejor pudo, en la escalera de un edificio, tratando de abrigar sus pies descalzos con el calor de su cuerpo. Pensó por un momento volver a casa, pero... ¿y su padre? Si ella volvía sin haber vendido al menos una caja de fósforos, él le daría unos cuantos golpes. Además, en casa hacía tanto frío como allí.
La pequeña vendedora de fósforos se sentó, como mejor pudo, en la escalera de un edificio, tratando de abrigar sus pies descalzos con el calor de su cuerpo. Pensó por un momento volver a casa, pero... ¿y su padre? Si ella volvía sin haber vendido al menos una caja de fósforos, él le daría unos cuantos golpes. Además, en casa hacía tanto frío como allí.
La
niña tenía las manos heladas. "¡Ah, Dios mío! ¿Y si
encendiera un fósforo? –pensó–... Talvez conseguiría entrar en
calor..."
Incapaz
de seguir soportando la horrible temperatura, prendió un fósforo.
Entonces surgió una tibia y brillante llamita. La niña notó
inmediatamente el calorcillo y extendió sus manitas entumecidas
sobre la llama del fósforo.
"¡Cuánto
me gustaría calentarme junto a una gran chimenea, como la gente de
esas lindas casas!", pensó tristemente.
De
pronto, el fósforo se apagó. Pero ella tenía más cajas de
fósforos en el bolsillo. Entonces encendió otro. De nuevo quedó
brillando una llamita que, al proyectarse en la pared, le dio una
transparencia que permitió a la niña ver el interior de la casa en
cuyo muro estaba apoyada.
Era
una casa rica, confortable, donde había una mesa llena de botellas y
de finos platos con apetitosas comidas. ¡Oh! En el centro de la mesa
había ¡un pavo!, enorme, jugoso y humeante aún. Entonces ocurrió
algo inesperado: el pavo dio un salto y voló hacia la vendedora de
fósforos, la que lo tomó con sus frías manitas. Pero justo en ese
momento el fósforo se apagó, dejándola en la oscuridad y con más
frío aún.
La niña sacó otro fósforo y lo encendió. Entonces se pudo ver a sí misma sentada ante un precioso árbol de Navidad repleto de cosas maravillosas: muñecas, viejitos pascueros, botitas...
La niña sacó otro fósforo y lo encendió. Entonces se pudo ver a sí misma sentada ante un precioso árbol de Navidad repleto de cosas maravillosas: muñecas, viejitos pascueros, botitas...
La
niña tendió sus manos hacia esas maravillas, con unas ganas enormes
de acariciarlas... Pero nuevamente el fósforo se apagó y las
lucecitas mágicas que tenía el arbolito de Navidad subieron alto,
muy alto, hasta confundirse con las estrellas. Y entonces una de
éstas cayó en la inmensidad, dejando una especie de polvito
brillando a su paso.
–Alguien
ha muerto –murmuró la niña, recordando lo que una vez le había
dicho su abuelita:
"Cuando una estrella cae del cielo, un alma buena vuela hacia él".
"Cuando una estrella cae del cielo, un alma buena vuela hacia él".
–¡Oh,
abuelita! –exclamó–. ¿Por qué no me llevas contigo?
Pero
su abuelita había muerto y no podía ayudarla. Entonces tuvo miedo
de quedarse sola, en medio de la oscuridad y del frío. Se apuró en
encender todos los fósforos que le quedaban. Éstos estaban ardiendo
vivamente cuando la pequeña vendedora de fósforos vio, en la
brillante luz producida por las llamas, a su abuelita. La anciana la
tomó en sus brazos y se la llevó volando por un camino celeste
lleno de luz, hasta el cielo, donde la pequeña niña ya no sentiría
más frío ni hambre, donde no sufriría más el egoísmo de su padre
ni de la gente...
Unas
horas más tarde, en la helada madrugada, encontraron a la niña de
los fósforos todavía sentada sobre la escalera del edificio. En sus
labios entreabiertos podía verse una angelical sonrisa.
Había
muerto de frío en la noche de Año Nuevo.
Estaba
rígida y conservaba aún, en el bolsillo de su gastado delantal, una
caja de fósforos.
–La pobrecita quiso calentarse y no pudo –murmuraron algunos vecinos.
–La pobrecita quiso calentarse y no pudo –murmuraron algunos vecinos.
Pero
nadie pudo adivinar las maravillas que la pequeña había visto en
sus últimos momentos ni a qué lugar feliz la había llevado su
abuelita...

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